Castellón ‘69

 En las Fiestas de la Magdalena de 1969, el Sr. Concejal de festejos de Castellón tuvo la loable idea de llevar doce Tunas, una para cada una de las entonces doce Gallatas, para alegría de las fiestas. En esos años no había, como ahora, una Universidad (o más) en cada provincia. Sólo estaban la Complutense de Madrid, la Central de Barcelona, Valencia, Murcia, Granada, Sevilla, Salamanca, Valladolid, Santiago, Deusto, Zaragoza y La Laguna, más la Pontificia de Comillas (si olvido alguna ha sido sin querer), por lo que en muchas ciudades sólo se veían las Tunas muy de vez en cuando, como era el caso de Castellón, a tenor de lo observado en tal ocasión.

 

Un compañero del colegio y  su tuna,  el  Petit, que, paradójicamente, medía uno noventa, era de Castellón y su padre tenía mano en  el Ayuntamiento, razón que nos llevó a ser una de las doce Tunas agraciadas con la participación en aquel, por entonces, experimento del consistorio castellonense. Como éramos pocos que tocáramos, el amigo Arturo buscó refuerzos de la Tuna de Derecho y nos acompañaron el Lince, el Zorro, el Ligas  y el Codeso,  con cada uno  de los cuales se podría escribir un libro y con los cuatro juntos una enciclopedia.

 

Partimos de Madrid en autobús, naturalmente, a media mañana y, tras casi todo un día de viaje, atravesando la Mancha hasta Albacete y desde allí  por el pantano de Contreras y sus zigzagueantes curvas y recurvas, llegamos ya oscurecido a Valencia y, después de una leve parada, continuamos a Castellón, dónde llegamos después de las 10 de la noche, pues nos costó encontrar la Residencia de E. y D. en la que nos alojaríamos. Dejamos los trastos en las habitaciones y nos fuimos directamente al comedor con la sana intención de repostar. Estaba éste atendido por chicas de las que hacían el Servicio Social (algo así como la mili femenina, pero sin más armas que las propias de mujer), al mando de un par de sargentas de las de brazos en jarras y una Sargento Mayor que azuzaba a las subordinadas. Por supuesto, las chicas estaban totalmente asustadas, en parte por sus “mandos” y el resto por los doscientos tíos que nos juntamos allí, alrededor de las mesas de cuatro en cuatro.

 

No es preciso que explique lo que ocurría cada vez que una muchachita se acercaba a la mesa con una fuente en la mano. Sin abandonar “la proverbial tunantesca galanura” y manteniendo las formas, las chavalas oían lo que no habían oído jamás. No faltaba quien se prestaba continuamente a llevarles la bandeja “para que no se molestaran”, acompañarlas a la cocina en busca del siguiente plato, perseguidos siempre por la Sargento Mayor con la inútil pretensión de que cejaran en su empeño. La cena se servía con agüita de jarra como única bebida, hasta que unos cuantos, impregnados de “la proverbial tunantesca curiosidad”, se dieron una vuelta por las estancias aledañas y descubrieron unas cajas en cuyo interior encontraron varias docenas de botellas de vino, el cual fue caritativamente distribuido por las mesas ante el asombro y persecución de los rollizos “mandos”, sin que pudieran poner remedio a la liberación de los caldos de su vítrea y lacerante mazmorra y descansadas ya sus cajas de su pesado contenido, que fue convenientemente trasegado a otro destino más placentero.

 

Acabó la cena, para descanso de la tropa, y nos anunciaron que en el Salón de Actos tendría lugar, a continuación, el sorteo de las Tunas para asignarle su respectiva Gallata, con derecho a baile con las mozas allí llegadas en representación de sus comisiones festeras. Llegados que fuimos al Salón, observamos, sorpresivamente, que estaban las mozas sentadas alrededor, protegida su retaguardia contra sus cuatro paredes, flanqueadas alternativamente por sus señoras madres, cabeza erguida éstas y brazos cruzados protegiendo el mágico de Plaitex (el cual, por cierto, cumple mismamente su cuarentena). Ante tal panorama, y comprobada la resolución con  que dichas  señoras ahuyentaron a los pocos aguerridos Tunos que osaron traspasar la línea del círculo central para ofrecer su brazo a cualquier damisela, tomamos todos asiento en el mencionado círculo, mientras que un conjunto al estilo de la época interpretaba canciones ad hoc desde el fondo de la sala. Así permanecimos un buen rato, hasta que aparecieron algunos compañeros provistos de instrumental, iniciativa que seguimos los demás, y así nos pusimos a tañer, compitiendo con el “conjunto” del fondo sur hasta que, aburridos por la evidente entusiasta atención que las mozas y sus ya menos cejijuntas mamás nos prestaban en su detrimento, recogieron los bártulos e hicieron mutis.

 

Así continuó la velada, entre canción y canción, salpicada de los correspondientes “números”, mezclados ya todos y todas, y ocultas las dichas mozas de las miradas de sus mamás por la barrera de Tunos trovadores que hacían el relevo, mientras los demás mostraban a las más osadas y macizas doncellas las maravillas de la luna en el Mediterráneo,  sobre la arena del playón que nos rodeaba. Y así, hasta que tocaron imaginaria y cada mochuelo a su olivo, rotos no pocos corazones y necesitados de refrigeración algunos otros.

 

A la mañana siguiente, ya provistos de nuestra indumentaria e instrumental, nos recogieron nuestros anfitriones para llevarnos al Barrio y cumplimentar a su Reina y Corte de Honor de la Gallata. Tuvimos nosotros la gran suerte de que nos tocara El Grao, cuyo vicepresidente conducía una furgoneta DKW larga (predecesora de la Mercedes Benz) en la que cabíamos toda la Tuna y que nos sirvió de transporte durante el stage.  

 

Discurrió el día de casa en casa; ronda por aquí, ronda por allá, comercio y bebercio por todas partes y malcriados en extremo por las exquisitas atenciones de nuestros anfitriones. Legó la hora de la comida y comimos.  Llegó la hora de la cena y cenamos. Copas a pajera abierta en cada sitio que entrábamos. El Grao se volcó con nosotros de forma increíble, con una amabilidad infinita. Y se acabó la noche, porque todo se acaba en esta vida, y el vicepresidente nos metió en la DKW y ¡hala!, pa la residencia de E. y D. en mitad del playón, que supongo ahora estará convertido en una jungla de edificios. De camino por la carretera íbamos recogiendo a otros Tunos medio tirados por las cunetas por falta de transporte y exceso de combustible, lo que puso a reventar la furgoneta (¿O era un monovolumen?). El caso es que llegamos a la residencia y traspasamos la entrada, flanqueada por dos columnas entre las que pasó la DKW ante los ¡huys! de los que allí nos apretujábamos. Al final del corto promenade se encontraba la entrada principal, al final de una escalinata suave, al estilo palaciego. Alguien se quejó de a ver quién tenía energías para subir las escaleras y nuestro choffeur dijo ¡Tranquilos, que yo os dejo en el hall!. Dicho y hecho: dio la vuelta al monovolumen, metió la marcha atrás y así fue subiendo la DKW la escalinata hasta que su puerta trasera coincidió con la de entrada para que todos bajáramos cada uno a su manera y, unos de pie, otros gateando y alguno que otro reptando, alcanzamos la escalera central para subir a las habitaciones.

 

¡Qué noche la de aquel día!

Ya en el hall, escuchábamos por las alturas cierta bulla no identificable. Llegamos al primer piso como pudimos y ante nuestros ojos apareció una muchedumbre en fila india, sin más vestimenta que los gayumbos y la beca, precedidos de dos gastadores que, extintor en mano, lanzaban espuma en V para darle más vistosidad a la cabalgata. Otros, que habían descubierto el almacén de material en la que guardaban camas desmontadas, portaban las partes superiores de lo que podría suponerse sería una litera y que consistía en un tubo de unos 40 mm doblado en ángulo recto por sus dos extremos, el cual, soplado por uno de ellos, emitía sonidos graves, cual cuerno vikingo, que sembraban la inquietud en la oscuridad. Mientras unos cantaban el estribillo de Sebastopol con la letra  de ¡Joder qué frío que vamos a pasar!, los otros contestaban  la misma música, cambiando frío por hambre.

 

El gerente de la residencia andaba loco, perdida la educación  y hecho polvo por la falta de descanso, intentando frenar aquella orgía. Inútiles fueron sus esfuerzos y aquello acabó cuando se acabaron la espuma, las fuerzas y las ganas de cachondeo. Nos acostamos, dormimos hasta el mediodía y a eso de las 12, ¡hala, a la DKW! y al Grao. Más rondas, más comida, mas de todo.

 

El Día D, previo a la Noche N.

Pasamos así las horas hasta las siete de la tarde, cita que teníamos todas las Tunas en el campo de Castalia para el "concierto". Hacía algo de viento y el equipo de voces, compuesto por un micrófono y dos bafles (probable venganza del "conjunto" de la primera noche) no servía más que para amplificar los soplidos de eolo. Cantamos una canción cada Tuna, la gente aplaudió a rabiar por mera confianza que nos tenía, porque oírnos no nos oíamos ni nosotros, y desde allí, ya entrada la noche, nos mandaron a todos a la plaza en la que estaba instalada la gran carpa que serviría de escenario para la Gala, en la que actuaban, como número estelar, los Hermanos Calatrava, a la sazón estrellas del momento. Al poco de llegar lanzaron un castillo de fuegos artificiales, el mejor que he visto en mi vida. Más de una hora sin dejar de subir cohetes, carcasas, palmeras. Una maravilla.

 

Cuando los guardianes de las puertas vieron aparecer a tanto grillo se negaron a dejarnos pasar. Ni las buenas razones aportadas por los Jefes de Tuna ni las negociaciones con los organizadores dieron resultado, y allí nos vimos, sentados todos a la puerta de la carpa en plan reivindicativo. Mas quiso la mala fortuna que los electricistas municipales se dejaran olvidada allí mismo una de esas escalas con carro que usaban antaño para colocar luces en altura. Alguien la arrastró hasta donde estábamos y en ella se encaramó el Jefe de la Tuna de Derecho de no sé donde (sí lo sé, pero me lo callo), alto, enjuto, pelirrojo, con perilla y de sobrenombre El Califa, rematado su caletre por el correspondiente gorro de maceta invertida con su borla. En lo alto de la escala, como alma perseguida, lanzaba sus guturales oraciones: ¡MajaaaaaaaaaaaaaaaaaaLajaaaaaaAggggggglaaaamaaaaaggggMajiiiiii!, a lo que todos los que estábamos abajo (los más de 200 grillos), adoptada la postura orativa, rodilla en tierra y con el culo en pompa, subíamos y bajábamos los brazos con el consabido ¡Alah es grande!. Allí se arremolinó medio Castellón. Salía la gente de la carpa a vernos, olvidándose de los Calatrava y llegó la Policía Municipal a bajar al Califa de su minarete.

 

En el fragor de la manifestación, alguien tropezó con uno de los pinos que flanqueaban la puerta de la carpa en sus respectivos macetones, tumbólo, vaciólo de tierra y dejólo hecho unos zorros por el paso de la gente. Alguien (otro alguien) reparó en el accidente, dio el pino por muerto y no se le ocurrió más  que organizar su entierro. Cuatro Tunos lo portaban a hombros y los demás, en comitiva plañidera, dábamos vueltas tras él alrededor de la carpa.

 

Aburridos los organizadores, la Policía y hasta los Hermanos Calatrava, por fin nos dejaron pasar, sub conditionem de dejar el instrumental en el guardarropa, condición que aceptamos y allí que nos metimos a disfrutar de la poca "gala" que quedaba.

 

Acabóse aquello y partimos de nuevo a nuestros aposentos de la residencia de E. y D., cada cual por sus medios y nosotros, ¿cómo no?, en la DKW. E hicimos el camino, y llegamos a destino ............ y allí fue Troya.

 

............ continuará.