1973. Balconada del Colegio Mayor S. Pablo. Madrid

 

 

En la noche perfumada

Despierta, mujer, y escucha,

enredados entre notas

de guitarras y bandurrias,

mis amores de estudiante

bajo la luz de la luna.

Despierta, mujer, y sueña,

que por ti ronda la Tuna.

 

Allá por el año sesenta y pocos, no recuerdo con qué motivo, nos reuníamos por la noche en el último piso del Ayuntamiento, donde entonces estaba la OJE, unos cuantos  críos de mi edad y otros de más o menos,  yo y  un etcétera que en aquel tiempo me parecía muy largo y hogaño  muy corto, por aquello de que el tiempo todo lo agranda o lo achica, según convenga. Allí nos pasábamos las noches aprendiendo a tocar bandurrias, laúdes, guitarras y panderetas,  bajo la dirección de los más veteranos. De allí  salió una  tuna ("Más bien rondalla o murga", que diría D. Aemilius de la Cruz) o tunilla con la que nos dedicábamos a dar pasacalles nocturnos en las noches estivales. Evidentemente, no puedo llamar a aquello "serenatas", porque  "no teníamos edad para amar" y una serenata sin amor no es ni emotiva ni emocionante ni serenata ni nada. Tocábamos cosas como Sebastopol (Por ser la chica mas guapa del barrio ....), La Aurora (la que tiende su manto y el firma­mento viste de azul), La Sirena (Dicen que  murió de amores quien su cantar escuchó ...), Estudiantina (En la noche perfumada, callada y triste, llena de estrellas ...) y , como no, el "Hit Parade": Clavelitos (Dame el clavel de tu boca ...). La Luisa, mi segunda madre, la llamaba "Capullitos". Cuando pasábamos por la puerta de mi abuela Araceli (que por entonces ya vivía su tercera edad, y en tal empeño persevera), ella se asomaba a la ventana y gritaba:"¡Neeeene, tocarme Capulliiiiitos!". Y nosotros pues ¡Hala!, "Capullitos de mi corazón" que  le cantábamos.

 

Pasó el tiempo y pasó aquella tuna. Pero nada que se aprende cae en saco roto. Algunos años después me fui a Madrid y aquella bandurria que me enseñaron a tocar  me abrió muchas puertas de amistad y relación. Llegué a Madrid y me metí en la tuna del Colegio Mayor, en la que tocábamos tres  (Bardisa, Mendizábal y yo)  y los  restantes quince o veinte iban  de jetas, o sea, con el objeto exclusivo de intentar ligar (¡eran otros tiempos!) y hacer el indio. La tuna colegial era poco seria. Era más vehículo de diversión que otra cosa. Sin embargo, con aquella tuna salí yo en la tele. Ocurrió que eligieron Miss Europa a la Srta. Noelia Alfonso, natural de La Laguna y vecina  de mi amigo y compañero (del Colegio) Javier de Armas, más conocido por "el ruiseñor de Teide". Como éste era amigo de la Noelia, pues la hizo Madrina de la tuna y, claro, a la Madrina hay que acompañarla a todas partes (excepto a algunos lugares necesitados de cierta intimidad) y la acompañamos a aquel programa de José Mª Iñigo que se llamaba "Estudio Abierto", allá por el Pleistoceno,  en el que le hicieron una entrevista. Pero, hete aquí que como música de fondo nosotros cantábamos aquella canción de "¡Ay, María, cinco letras nada  más ...", aunque cambiando María por Noelia (y cinco por seis, listo) y, hete aquí de nuevo, que al realizador no se le ocurre otra cosa que enfocar mi rostro en primer plano en un fundido. En aquella época la segunda cadena no se veía más que en Madrid, pero aquello fue suficiente para que al día siguiente en  la Facultad me asaltara mucha gente con el  "Anoche te vi en la tele".  Además de la tele, con esta  tuna actuamos un domingo en un festival en el Palacio de la Música, presidido por Dª Carmen Polo, cosa que hoy estaría muy mal vista.

 

     Y como de todo hay en la viña del Señor, con esta tuna fui a  Castellón a las fiestas de la Magdalena de 1969, pues  otro amigo y  compañero (del colegio y de la tuna),  el  Petit, que, paradójicamente, medía uno noventa, era de Castellón y su padre tenía mano en  el Ayuntamiento. Bueno, pues resulta que el concejal de festejos tuvo la gran idea de llevarse ¡doce! tunas, una para cada "Gallata", y una de ellas fué la nuestra (ya se entiende, por el enchufe del Petit). Como éramos pocos que tocáramos, el amigo Arturo buscó refuerzos de la Tuna de Derecho y nos acompa­ñaron el Lince, el Zorro, el Ligas  y el Codeso,  con cada uno  de los cuales se podría escribir un libro y con los cuatro juntos una enciclopedia. Lo de Castellón fué bien el primer día, pero los problemas  se presentaron, de forma leve, cuando al concejal de festejos se le ocurrió la segunda genial idea  de meternos a las doce tunas  (unos doscientos cincuenta tíos vestidos todos igualitos)  en una residencia de E. y D. (Educación  y Descanso, para los no iniciados)  en mitad de un playón desierto. La primera  noche, cuando llegamos los nuestros, nos encontramos un cortejo por los pasillos  cantando Sebastopol, pero con  la letra de "qué hambre que vamos a pasar". Naturalmente allí no durmió nadie  y mucho menos el gerente de la residencia, que acabó  perdiendo la educación y hecho polvo por la falta de descanso. Pero, siendo esta gorda, ne fût pas encore la plus grosse, la  plus grosse vino el día siguiente, cuando el susodicho edil tuvo la tercera y más luminosa de sus ocurrencias: meter en  la residencia a cinco equipos de baloncesto  femeninos de un campeonato que tenían montado. Las chavalas iban acompañadas por monjas y al llegar la noche fue tal el cacao que se organizó  que al día siguiente las monjas se fueron a ver al Gobernador y lo pusieron en la disyuntiva de: "O las tunas o nosotras". Claro, como  entonces el estado era confesional, el bueno del Gobernador no tuvo más opción que llamar a los jefes de  tuna  y decirles que "a mediodía no quería ver un tuno a menos de 50 Km de Castellón ni de paisano". Y, la verdad, como total por un día más o menos de estancia placentera en la apacible ciudad de la Plana no había ninguna necesidad de hacer que el Sr. Gobernador molestara a los "Grises", pues nos metimos en los buses y cada mochuelo a su olivo. Y nosotros pa Madrid, con escala técnica en Valencia, que está a más de 50 Km. de Castellón, para dar un parche y sacar pasta para cenar, aprovechando que era vísperas de Fallas. Ya en Madrid le escribimos una carta al Sr. Alcalde (de Castellón) para explicarle que nosotros no habíamos sido, a la que el Sr. Alcalde  nos  contestó concediéndonos el beneficio  de la duda. Menos da una piedra.

 

     Unos años más tarde ingresé en la Tuna de Farmacia (nótese que ésta, al igual que la de Derecho, la escribo con mayúsculas), la muy Noble,  Leal y Osada de Alquimistas, de la que soy "Tuno de Honor", según reza una placa que me entregaron por sorpresa en junio del 77, en el transcurso de una cena que tuvimos en Madrid (puedo decir que fué por sorpresa porque estoy en disposición de jurar que yo ni organicé la cena ni encargué la placa). Con esta Tuna me pasaron todas las cosas buenas que recuerdo. Me hice el traje en Cornejo  y la beca violeta con el escudo bordado en plata (traje y beca que conservo, aunque ahora sólo me viene  la beca) y fuimos a los Concursos de Tunas de la Plaza Mayor por San Isidro, que ganábamos casi siempre, y a fiestas y "patrióticas". "Patriótica" es el nombre con que  en la Tuna se conoce a la serenata bajo la luna al  pié de una  ventana.

 

Los que no son de la Tuna sólo ven la tuna de la alegría, la fiesta o la juerga sin fronteras. Pero hay otra Tuna, la Tuna que vivimos desde dentro, la Tuna de la amistad, la lealtad, el compañerismo que jamás se olvida, la Tuna que te acompaña los días de soledad y hasta se te hace amante en las noches de nostalgia y, sobre todo, la Tuna de la emoción. Porque emocionante es la tan simple serenata bajo la luna al pié de una ventana cuando ves, como dice una canción de ronda, "tras los cristales una sombra femenina que escucha atenta temblorosa de emoción", mientras brillan sus mejillas sonrojadas ......

 

Precisamente fue en una de estas patrióticas cuando más recuerdo haberme emocionado cantando con la Tuna. Comenzábamos con la canción "Corazón", rompiendo el silencio de la noche con la música suave y romántica de la introducción, de   la que emergía, recitada, la estrofa del principio (Despierta, mujer, y escucha ....) como ofrecimiento de la serenata. Con esta canción quedaba perfecta, pues resultaba de una sincronía casi preparada la duración de la música y los versos. Al acabar el recitado, el solista  iniciaba la letra: "Es inútil  dejar de quererte, yo no puedo vivir sin tu  amor .....", con lo que, a poco sensible que fuese la rondada, la posibilidad de que se le movieran los cimientos era más que una esperanza.

       

Era la noche de San Valentín del 74. Veníamos de  una fiesta en el Meliá Castilla y  a uno  de la Tuna se le ocurrió ir a rondar a su  medio novia, que vivía en Alcalá, esquina Núñez de Balboa. Como suele ocurrir en estos casos, siempre que  rondas a tu novia sale a la ventana todo el barrio, menos tu novia que no se entera, probablemente porque está lela soñando contigo (o al menos eso  es lo que te dice al día siguiente cuando  le pregun­tas por qué no salió al balcón). Serían las cuatro de la madrugada y debíamos estar a siete u ocho bajo cero. Nos pusimos a cantar y poco a poco fueron parando coches, hasta el punto que tuvo que acudir la policía municipal para resolver el tapón de tráfico que se originó. Cómo sería la expectación,  que nos calentamos y estuvimos cantando hasta el alba. Y la novia del Madroño sin asomarse. "¡A saber dónde estará!", como dijo el Telefunken (sin mala intención, naturalmente).

 

     En fin, ya veis como una cosa de pueblo, sin importancia, me llevó a  conocer y experimentar sensaciones inimaginables desde las ventanas de aquel último piso del Ayuntamiento. Historias y experiencias vividas fuera del pueblo por uno del pueblo. Un pueblo que siempre tuvo proyección exterior, por aquello de los mercados, y que, sin embargo y quizás por temor a las comparaciones, se encierra y niega a veces la realidad de  ese mundo que existe y  lo espera para  vivir y experimentar y aprender cosas que, de  regreso al pueblo, enriquecen el espíritu y ayudan  a despertar cada día con la ilusión de conquistar ese horizonte que se nos aparece cercano, para que no desesperemos en la lucha por su  conquista, y que al avanzar se nos aleja, para que nunca nos alcance la tremenda desgracia de darlo por conquistado.

 

     Y en mi despedida, aprovecharé para poner en práctica, aunque haya de ser a medias y "a capella", el número con que mi amigo Paco y yo nos presentábamos algunas veces en las fiestas tuniles. Con  mi dicho amigo Paco "el Oliva" rascando la guitarra con un  fandango amargao, yo recitaba, con la voz entrecortada y los ojos cerrados para darle más jondura, como mi abuelo: "Si yo me llamara Carmen ..... contigo me casaría. Contigo me casaría .... si yo me llamara Carmen. Pero no me llamo Carmen, Paco, mi nombre es......

 

Pedro García

 

  - Tanto gusto, hombre. Oye,  hay que ver la de cosas que tienes para contar. ¡Jesús, qué envidia!.

  - Pues, ya ves, mi reino por un café. Muchas gracias y hasta otra.

 

 

 

En Marzo de 1969, Rafael de Cubas, "El Lince", de la Muy Andariega  de Derecho de Madrid, me regaló este libro de obligada lectura para cualquiera que quiera saber qué es la Tuna.

Me gustaría saber de tí, Rafaelito, después de casi 40 años.